Entre julio y septiembre de 2026, la cooperación científica y tecnológica entre México y China ha adquirido un nuevo impulso. Rosaura Ruiz Gutiérrez, titular de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (Secihti), se reunió primero con el embajador chino en México, Chen Daojiang, y posteriormente encabezó, junto con el ministro de Ciencia y Tecnología de China, Yin Hejun, la Novena Reunión de la Subcomisión de Ciencia y Tecnología de la Comisión Binacional Permanente México-China. Desde la creación de este mecanismo, en 2004, ningún ministro chino de Ciencia y Tecnología había participado personalmente en sus trabajos.
El encuentro tampoco fue meramente protocolario. Ambos gobiernos suscribieron un Memorándum de Entendimiento para ampliar la cooperación entre universidades, instituciones públicas y empresas en investigación, infraestructura digital, transferencia de tecnologías avanzadas y asociaciones público-privadas. Entre las áreas mencionadas aparecen inteligencia artificial, supercómputo, robótica, electromovilidad y semiconductores. La Secihti ha reconocido, además, que explora oportunidades de colaboración con Huawei en cómputo de alto rendimiento, inteligencia artificial y formación de talento especializado.
Entre Washington y Pekín
Estos acercamientos ocurren en un momento particularmente complicado para la relación entre México y Estados Unidos. Desde enero, el gobierno mexicano aplica nuevos aranceles a 1,463 fracciones de productos procedentes de países con los que no mantiene tratados comerciales. Aunque China no es su único destinatario, ha resultado el principal afectado: entre enero y mayo, las importaciones chinas comprendidas en esas fracciones disminuyeron 28.4%. En sectores como el calzado y los automóviles ligeros, la caída alcanzó 59% y 35%, respectivamente.
Marcelo Ebrard ha defendido estas medidas como una forma de proteger a la industria mexicana. Sin embargo, resulta difícil separarlas de las presiones de Washington sobre la presencia económica china en México y de la próxima negociación del T-MEC. El gobierno de Sheinbaum parece haber optado, en este tema, por ceder parcialmente ante Trump con el fin de preservar una relación comercial difícilmente sustituible.
Por otra parte, México ha buscado acercarse políticamente a China. El 4 de septiembre, Trump afirmó desde el Despacho Oval que México no tenía “nada que nosotros realmente necesitemos”, más allá de “tamales picantes, tomates, un par de cosas”. Apenas tres días después, el canciller Roberto Velasco viajó a Pekín para reunirse con Wang Yi. El ministro chino expresó allí su respaldo a México frente a la “injerencia extranjera” y sostuvo que las relaciones sino-mexicanas “no están dirigidas a terceros y no deben ser afectadas por terceros”. Sin mencionar a Estados Unidos, ambos gobiernos parecían tenerlo bastante presente.
Que México busque diversificar sus relaciones internacionales no constituye, por sí mismo, un problema. La incertidumbre provocada por Trump demuestra, precisamente, los riesgos de depender excesivamente de un solo socio. Pero si el gobierno mexicano intenta reducir las fricciones comerciales con Washington, ¿cómo interpretar la profundización simultánea de sus vínculos con Pekín en algunos de los sectores más sensibles para la seguridad estadounidense?
Los riesgos de la cooperación tecnológica
Los intercambios recientes entre la Secihti y sus contrapartes chinas permiten identificar, al menos, tres áreas particularmente problemáticas. La primera corresponde a las propias tecnologías escogidas para profundizar la cooperación. La inteligencia artificial, los semiconductores y el supercómputo, mencionados expresamente durante las reuniones, no son industrias cualesquiera. Forman parte de la competencia entre China y Estados Unidos por alcanzar una mayor autonomía tecnológica, controlar cadenas de suministro y preservar ventajas industriales y militares. Por ello, Washington ha restringido durante la última década el acceso chino a chips avanzados y otras tecnologías de uso dual.
La segunda tiene que ver con Huawei. Antes de la reunión de la Subcomisión, la propia Secihti informó que exploraba oportunidades de colaboración con la empresa china en cómputo de alto rendimiento, inteligencia artificial y formación de talento especializado. Desde la primera administración Trump, Huawei ha ocupado un lugar central en las restricciones estadounidenses sobre tecnología china por preocupaciones de seguridad y espionaje. Estas reservas incluso han provocado tensiones entre Washington y gobiernos aliados respecto a la participación de empresas chinas en redes 5G y otras infraestructuras digitales.
Finalmente, los encuentros entre la Secihti y representantes chinos han concedido especial importancia a la movilidad de estudiantes e investigadores, así como a la cooperación entre universidades, centros de investigación y empresas. Promover estos intercambios es perfectamente legítimo y puede producir beneficios reales. Sin embargo, cuando coinciden con la colaboración en tecnologías de uso dual, requieren precauciones distintas a las de un intercambio académico convencional. El Congreso estadounidense ha advertido sobre los vínculos de determinadas universidades y programas científicos chinos con la estrategia de Fusión Militar-Civil de Pekín, mediante la cual avances producidos en ámbitos civiles pueden contribuir al desarrollo de capacidades militares.
Esto no convierte a cualquier estudiante o investigador chino en un riesgo de seguridad, conclusión tan injusta como absurda. Pero sí obliga a distinguir entre colaborar en el estudio de plagas agrícolas –como ya hacen la UNAM y la Academia China de Ciencias Agrícolas– y transferir conocimientos relacionados con semiconductores, inteligencia artificial o supercomputación. Precisamente porque la nueva agenda de la Secihti contempla ambas clases de cooperación, México debería ser capaz de diferenciarlas.
Es posible, desde luego, que buena parte de estos acuerdos nunca alcance las dimensiones sugeridas por los comunicados oficiales. La experiencia latinoamericana muestra que muchos memorandos firmados con China producen más declaraciones y fotografías que proyectos duraderos. Aun así, resulta llamativo que las prioridades planteadas en los intercambios de la Secihti coincidan con sectores promovidos por la política industrial de Pekín durante la última década, desde Made in China 2025 hasta sus documentos de política hacia América Latina y el Caribe.
Diversificar sin crear nuevas dependencias
México enfrenta, entonces, un problema menos relacionado con su derecho a cooperar con China que con la coherencia de su estrategia internacional. Resulta contradictorio limitar la presencia económica china para reducir las fricciones con Washington mientras se profundizan los vínculos con Pekín en sectores mucho más sensibles para Estados Unidos, país al que se dirige más del 80% de las exportaciones mexicanas.
China, además, no es la única alternativa para diversificar. El Acuerdo Global modernizado con la Unión Europea permitiría que más del 95% de las exportaciones mexicanas ingresen sin aranceles a un mercado de 450 millones de personas. México también podría aprovechar mejor el Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico o revitalizar la Alianza del Pacífico, cuya ampliación se encuentra estancada, entre otros motivos, por la ruptura diplomática con Ecuador tras el asalto a la embajada mexicana en Quito en 2024. A ello podrían sumarse vínculos comerciales más ambiciosos con Mercosur.
Ninguna de estas opciones sustituirá a Estados Unidos. China tampoco podría hacerlo. Pero una mayor articulación con Europa, Asia-Pacífico y América Latina permitiría reducir gradualmente la dependencia mexicana sin colocar al país en medio de los sectores más conflictivos de la rivalidad entre Washington y Pekín.
La autonomía no consiste en sustituir una dependencia por otra, ni mucho menos en contrariar a Estados Unidos para demostrar que México puede hacerlo. Mantener una relación estrecha con China es perfectamente compatible con una política exterior independiente; ignorar los costos de hacerlo en determinadas áreas, no. Comerciar con China no es lo mismo que asociarse con Pekín en infraestructura digital, semiconductores o inteligencia artificial. En tiempos de competencia entre grandes potencias, diversificar exige saber no solamente con quién relacionarse, sino también hasta dónde y en qué hacerlo.