Por: Alexa Zamora1
Hablar del exilio nicaragüense nos obliga, antes que nada, a hablar de nosotros mismos. He visto durante años cómo construimos narrativas que, en lugar de unirnos, nos dividen: falsas dicotomías entre «los de adentro y los de afuera», o posturas fatalistas como aquella que sostiene que «toda la oposición está exiliada». Ambas, a la postre, solo benefician al régimen. Por eso quiero defender en estas páginas una idea sencilla pero a veces incómoda: el exilio es un actor imprescindible en la defensa de la democracia, en países donde –como el nuestro– retar al poder conlleva persecución, cárcel o muerte, pero no es –ni puede ser– autosuficiente. Su fuerza real no se mide por el reconocimiento que obtiene fuera –un error no poco frecuente–, sino por su capacidad de articularse con quienes resisten dentro del país. Esa es, a mi juicio, la diferencia entre un exilio que acompaña una transición y uno que se vuelve irrelevante para ella.
Conviene recordar que el exilio político no es un fenómeno reciente: los republicanos españoles del franquismo, los chilenos de la dictadura de Pinochet, los militantes del FMLN salvadoreño y figuras claves del propio FSLN desempeñaron papeles activos, aunque no siempre visibles, en los procesos de transición hacia la democracia. El nuestro se inscribe en esa larga tradición.
La actual ola de exilio nicaragüense tiene una fecha de origen clara: abril de 2018, cuando estallaron las protestas y el régimen respondió con una represión sin precedentes en la historia moderna del país, que dejó más de trescientas personas asesinadas y más de 800 encarceladas. Esa fue la primera oleada hacia el exilio, integrada por quienes salieron tras ser excarcelados o para evitar serlo. En 2021, en el marco de un proceso electoral amañado, el régimen consolidó su estructura de represión mediante reformas legales –la más importante, la Ley 1055 – que institucionalizaron la persecución de liderazgos de todos los sectores y derivaron en el encarcelamiento de 222 personas, entre ellas 7 precandidatos presidenciales y las figuras más visibles de cada sector. Quienes no fueron encarcelados partieron hacia el exilio.
Estos datos no son mero contexto: definen la naturaleza misma de nuestro exilio. No se trata de un refugio seguro desde el cual observar el país a distancia, sino de un espacio de resistencia bajo amenaza permanente. Si el exilio fuese estéril y no una amenaza política para la estabilidad del régimen, este no se vería obligado a extender la represión fuera de sus fronteras: los organismos de la ONU han descrito una verdadera maquinaria de persecución transnacional, que en 2025 incluyó el asesinato en Costa Rica del mayor retirado Roberto Samcam, un opositor destacado. El exilio, por tanto, no nos vuelve intocables: nos sitúa bajo condiciones que moldean tanto nuestras posibilidades como nuestros límites.
Este artículo fue elaborado en el marco de una cooperación entre la Fundación Konrad Adenauer y Expediente Abierto. Las opiniones, análisis y conclusiones expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente la posición de la Fundación Konrad Adenauer ni de Expediente Abierto.
- Defensora de derechos humanos, investigadora y activista nicaragüense. Su trabajo se enfoca en la democracia, el Estado de derecho, la represión transnacional y los movimientos prodemocráticos en el exilio. Fue forzada al exilio en 2021 y desnacionalizada por el régimen nicaragüense en 2023. Ha sido becaria Reagan-Fascell, Sakharov Fellow y Freedom Fellow. Actualmente investiga las dinámicas de represión transnacional y el activismo democrático en el exilio. ↩︎